Es curioso eso de gastar una broma a un amigo, a un familiar o a un compañero de trabajo. ¿A quién no le gusta reírse? Mañana celebramos el día de los Santos Inocentes, una fecha que encuentra sus orígenes en la fiesta católica de los «Niños Inocentes», en conmemoración de la matanza de todos los pequeños menores de dos años ordenada por Herodes al enterarse de que había nacido el Mesías. Ahora este día es igual a bromas, a inocentadas, a reírse de uno mismo. Pero, ¿cuándo una broma se convierte en pesada y de mal gusto y cómo nos afecta? ¿Cuáles son los límites?

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